| Este
antiguo linaje aparece radicado en Cataluña, Valencia, Baleares
y Aragón, en principios del siglo XIII.
Debió proceder de la Provenza, pues dice Mossèn Jaime Febrer
en sus Trovas que Guillermo Colom, caballero provenzal, sirvió al
rey Jaime I de Aragón en la conquista de Valencia, y que en premio
a sus servicios le dio el citado monarca el lugar de Carpesa (perteneciente
hoy al ayuntamiento de Valencia) y le ofreció hacerle su mayordomo.
Añade el mismo tratadista que dicho Guillermo Colom era hombre tan
audaz y esforzado, que «hallando dormidos en Almansa a dos
centinelas de los moros se llegó a ellos, y cargándoselos
a hombros, como un pastor dos reses, los condujo al campamento cristiano
y se los presentó al rey».
De Cataluña y Valencia pasó el linaje a Mallorca en el mismo
siglo XIII, pues consta en documentos fehacientes que otro Guillermo Colom,
mallorquín, fue elegido diputado por el lugar de Bellver (hoy San
Lorenzo de Descardasar) para prestar juramento de fidelidad al rey don
Alonso III de Aragón.
En 1471, Antonio Colom fue jurado de la ciudad y reino de Mallorca por
el estamento de ciudadanos.
El capitán Antonio Colom sirvió al rey don Fernando
«el Católico» en las guerras de Nápoles y de
Granada, y Guillermo Colom fue jurado en 1522.
En Cataluña tuvieron los Colom antigua casa solar en la ciudad de
Barcelona, y de ella fue Luis Colom Estaper Busquet, caballero del hábito
de San Juan, en el Gran Priorato de Cataluña, cuyas pruebas fueron
admitidas en 1526.
Juan Colom fue canónigo de Palma y visitador del obispado de Sigüenza
y excelente latinista. Murió en 3 de febrero de 1806.
De este linaje Colom acaso son derivados los apellidos «Coloma»,
«Colomer», «Colomina», «Colominas»,
«Colomines». |
Colom, Catalunya |
Según
Rietstap, armas de los Colomb, de Provenza |
Según
Rietstap, armas de los Colomb, de Vevey |
Según
Rietstap, armas de los Colomb, de Quercy, |
| El
general Francisco de Miranda y el poeta J. W. Goethe se encontraron, una
noche del invierno de 1785, en una fiesta celebrada en una importante casa
de Weimar. Miranda había nacido en Venezuela, era un ferviente admirador
de la obra de Cristóbal Colón y sólo tenía
34 años, pero había asistido a los primeros pasos de la democracia
estadounidense y había servido, como general, en la dramática
“revolución francesa”. Goethe, por su parte, había publicado
Las penas del joven Werther, una novela extraordinaria, y, muy a su pesar,
había inspirado a cientos de suicidas europeos a tomar la única
decisión de sus vidas.
En una carta al conde Woronzoff,
fechada siete años después de aquel encuentro histórico,
Miranda escribió que “la noche se alejaba y Goethe estaba fascinado
con mis historias sobre la búsqueda de la libertad, la igualdad
y la fraternidad”. Por eso, cuando los demás asistentes a la celebración
comenzaron a bailar y a contar secretos a voces, el poeta romántico
se le acercó, se burló de sus zapatos y de su cara aplastada
y le dijo las famosas palabras: “Su destino es crear, en su tierra, un
lugar que no falsee los colores primarios”.
Faltaban 25 años para
que Goethe publicara su Esbozo de una teoría de los colores, pero,
ante el asombro de Miranda, tuvo que explicarle, paso por paso, lo que
estaba diciendo. Jamás imaginó que en las próximas
dos horas sentaría, en la cabeza de aquel idealista, las bases para
el nacimiento de un nuevo continente. “Primero me explicó la forma
como el iris convierte la luz en los tres colores primarios”, escribió
Miranda al conde Woronzoff: “después me comprobó por qué
el amarillo es el color más cálido, noble y próximo
a la luz, por qué el azul es esa mezcla de excitación y serenidad,
una lejanía que evoca las sombras, y por qué el rojo es la
exaltación del amarillo y el azul, la síntesis, el desvanecimiento
de la luz en la sombra”.
“No es que el mundo esté
hecho de amarillos, azules y rojos”, le aclaró Goethe a Miranda:
“Es que así, como una combinación al infinito de aquellos
tres colores, lo vemos todos los seres humanos”. Si se tratara de fundar
un paraíso, de inventar un mundo ideal, le dijo, lo mejor sería
nombrarlo en honor a su origen y crearle un emblema que tuviera esos tres
colores. “Un país parte de un nombre y de una bandera y se convierte
en ellos, como un hombre que cumple un destino”, concluyó el poeta
alemán. El joven general venezolano entendió, de inmediato,
a qué se refería. Y aceptó que sus zapatos no eran
de buen gusto.
En la madrugada, cuando volvió
a la casa en donde se hospedaba, Miranda dibujó una bandera con
esos tres colores, dispuestos en franjas horizontales, y, para que la luz
siempre le ganara a la sombra, y porque se había pasado un poco
de tragos, hizo que el amarillo fuera el primero y el más grande
de todos. Era, según pensó, el emblema perfecto: recordaba
haber visto, en un fresco pintado por Lázaro Tavarone hacia
1600, en el Palacio Belimbau de Génova, que amarillo, azul y rojo
eran los colores de la bandera que el almirante Cristóbal Colón,
su ídolo, había ordenado izar en los cuarteles de Veragua. |